Por Rachid Benzine
Edhasa. 96 páginas

Los cuidados que una madre requiere en el ocaso de la vida, y que le prodiga uno de sus hijos, son para éste último el punto de partida de un proceso de introspección y replanteo vital que está en el corazón de esta novela corta pero de hondo contenido humano. La ópera prima del islamólogo, ensayista, profesor y novelista Rachid Benzine (Kenitra, Marruecos, 1971) es un canto al amor filial que desafía en más de un sentido la cultura moderna.

Esto es así no tanto, como podría suponerse, porque la novela sea un retrato de una familia de origen marroquí en Bélgica, un rasgo que está en primer plano y que cuestiona, es cierto, la integración social del inmigrante, sino porque la historia vuelve a exponer la vivencia de lo que es una familia, algo que hoy se ha perdido.

La historia transcurre en Schaerbeek, un barrio de Bruselas que acoge una gran comunidad turca y marroquí. El hijo en cuestión, hoy de 54 años y profesor de Literatura en la Universidad de Lovaina, ha vuelto al hogar de su infancia ubicado en ese barrio para cuidar a su madre desde que esta dejó de valerse por sí misma.

Madre e hijo representan dos formas diversas de afrontar la estigmatización de ser inmigrantes, producto en parte de su pertenencia a dos generaciones distintas, pero sobre todo de dos modos de afrontar la vida. Una es sumisa, callada, modesta en sus ambiciones, resignada. El otro, desdeñoso de su pasado, avergonzado de su origen, se ha esforzado por hablar con propiedad el nuevo idioma y por ser integrado. Por esa conciencia de clase que siempre tuvo terminó por sentir vergüenza de su madre, quien nunca aprendió a leer ni escribir en francés y de cuyo acento marcado llegó a burlarse.
Pero el amoroso cuidado que hoy prodiga este profesor a su madre, el tiempo que pasa con ella leyéndole una y otra vez a Balzac, dispara en él recuerdos de su niñez y, de a poco, también una introspección, un remordimiento por la forma en que se comportó con ella desde joven, que lo unirá más a su madre.

Los recuerdos, entonces, van hilvanando una serie de escenas que no hacen más que revelar la inmensa ternura que dedicó a sus hijos esa mujer de corazón puro, que siempre fue la sirvienta árabe de patronas adineradas y siempre se mostró agradecida, humilde, consciente de “ser menos que nada” y aun así conforme y feliz. Una mujer “de una amabilidad beata e ingenua”, que por eso mismo termina por desarmarlo.

Escrito con una notable dulzura y sensibilidad, Así hablaba mi madre es una historia conmovedora donde se alternan momentos felices y desdichados, risueños y conmovedores, con un tono y una cierta cadencia melancólicas.

Aunque el narrador se deja ganar alguna vez por aquella conciencia de clase, al ilustrar con episodios concretos la discriminación aún lacerante que sufren los inmigrantes, son las tareas que debe realizar ese hijo para higienizar a su madre, la ternura con que le lee y la forma en que está pendiente hasta de su respiración, en suma, es ese amor no declamado sino probado en lo cotidiano, lo que termina por hacer de ésta una novela emocionante.

FUENTE: Agustín De Beitia – La Prensa