Por Michael McDowell
La Bestia Equilátera. 370 páginas

Al comienzo fue un repiqueteo en las redes sociales. No una irrupción violenta sino más bien algo así como una llovizna pertinaz. Los elogios sobre la figura del escritor Michael McDowell comenzaban a caer de manera inesperada.

Escasamente conocido por estas tierras, era dable preguntarse si en todo este movimiento impulsado por sus lectores no se estaban colocando los primeros ladrillos para construir un personaje de culto. La única forma de saberlo era, sin lugar a dudas, leer su obra. Agujas doradas representó, entonces, una oportunidad única.

Desde las primeras páginas la novela se abre en escenarios disímiles y personajes múltiples. Una parábola amplia, que lo abarca todo, y que paulatinamente se irá cerrando hacia el final, como el movimiento de un bandoneón que arroja en las últimas líneas un puñado de notas amargas y oscuras.

En la Nueva York de finales del siglo XIX dos familias de ambientes sociales por completo disímiles, de vidas contrastantes, terminan por tocarse en un punto. Y en esa intersección habrá odio, muerte, venganza y padecimientos. Nadie estará a salvo en ese vale todo cuasi diabólico.

La familia del juez Stallworth, liderada con mano férrea por el magistrado, brinda en las últimas horas de un Año Nuevo por lo que considera un laborioso y logrado ascenso social. Sus integrantes descollan desde el estrado, el púlpito y las tertulias. Un viento de buena venturanza parece impulsarlos en un deslizamiento sin zozobras.

No muy lejos de la mansión Stallworth, en el denominado Triángulo Negro, un barrio lacerado por la miseria, la familia de Lena Shanks teje su red de delitos, aceita contactos, se mueve a sus anchas en el terreno fangoso de la delincuencia. Un hecho puntual, un episodio crítico, unirá en la fatalidad a ambos grupos. Y entonces todo se transformará en una espiral de resentimiento y muerte.

McDowell, nacido en Enterprise, Alabama, en 1950 -falleció en 1999- narra una historia con aristas diversas, de la cual puede surgir un cuestionamiento claro: ¿cuánta diferencia hay en el modus operandi de una familia que vive a la luz de las clases poderosas y otra que opera en las penumbras? ¿Cuán distintas pueden ser en su esencia cuando aceptan que el fin justifica los medios?

Hay en la construcción de la trama un ingenio destacado. Nada está librado al azar. La estructura de la novela es hija de una ingeniería que se supone pensada hasta el hartazgo. “El mejor arte surge de ser estructurado”, dijo alguna vez el autor, y lo evidencia en estas páginas singulares.
Coleccionista de memorabilia de la muerte, entre otras cosas ataúdes de niños, fotos de cadáveres y demás recuerdos, McDowell no se abandonó a la improvisación. Conocía al detalle el camino por donde transitaba. Escribió también guiones para la televisión, donde se destacan episodios para series como Tales from the Darkside, Historias asombrosas y Cuentos de la cripta.

El comentario boca en boca y el elogio de su estilo macabro y depurado llevaron a que la primera edición de Agujas Doradas se agotara en cuestión de días. Si la novela honra los comentarios, si está surgiendo un fenómeno de culto post-mortem, son elementos que, sin dudas, quedarán para la consideración del lector. La aventura de averiguarlo vale la pena.

Por: Gustavo García / La Prensa