Por Ivonne Bordelois­

Edhasa. 142 páginas­

Amada, resistida, admirada, denostada, reconocida, ignorada. No hubo grises en la vida de Victoria Ocampo. Atravesó un tiempo singular, fundacional para las letras argentinas. Fue, de alguna manera, una guía hacia las nuevas luces del mundo. Le tocó y quiso ser pionera, y lo hizo bien.

Victoria, porque cuando hablamos de letras argentinas su sólo nombre basta, es vista en la retrospectiva del análisis como una mujer que rompió con los moldes establecidos. Sobre todo eso, una mujer que hizo trizas el canon de su época.

La polémica fue el eje de su existencia. Millonaria, representante de la oligarquía vernácula, se transformó en un faro cultural para estas pampas. De eso trata Victoria, paredón y después, el libro escrito por Ivonne Bordelois, quien supo cultivar su amistad allá lejos y hace tiempo.

“Fue a través de las excelentes traducciones de la editorial SUR que toda una generación latinoamericana aprendió a conocer a Malraux, a Camus, a Sartre”, describe la autora. Victoria señala el camino que ella misma ha transitado con anterioridad. La fascina París pero descubre para nosotros Nueva York.

Dice Bordelois que mucho de lo que le achacan por su perfil social está justificado en su origen. Es una cuestión de cuna. ¿Cómo podía Victoria Ocampo sentir simpatía por ese movimiento llamado peronismo? Es, asegura, pedirle peras al olmo. Sobre todo luego de que la escritora, a los 60 años, fuera detenida durante un mes en una cárcel para prostitutas, acusada de planificar un atentado terrorista.

“Fue, en ocasiones, coqueta, arbitraria y limitada”, recalca Bordelois. No sabía de medias tintas. Sus relaciones se cocinaban al calor del amor o del odio. También padeció el ninguneo de las plumas europeas como José Ortega y Gasset o Virginia Woolf, con quienes tendió puentes más frágiles de lo que ella hubiera deseado. Le urgía el reconocimiento, que la trataran como a un par. Eso nunca ocurrió.

“Y así como son fervorosas en verdad sus admiraciones, son frontales y espontáneas las peleas de Victoria Ocampo”, cuenta la autora, y remarca que “se queja de las cobardías y negligencias de Ortega, de las mezquindades de Borges”.

Tal vez la mejor definición del perfil de Victoria la construyó Waldo Frank: “Esta criatura maravillosa, sobre la que habían caído tres maldiciones: la de la belleza, la de la inteligencia y la de la fortuna”.

Por: Gustavo García / La prensa