Por Leonardo Gasparini
Edhasa. 270 páginas

Hay palabras que suenan parecido pero no tienen el mismo significado. Existen a simple vista situaciones similares a las que el análisis profundo del experto les deja al desnudo sus esenciales diferencias. Contarle las costillas a la disparidad social no es tarea sencilla. Hay que separar la paja del trigo, desbrozar la senda, hacer el esfuerzo.

A ese trabajo se abocó el economista Leonardo Gasparini en su último libro titulado Desiguales. La labor, delicada, rinde frutos. El especialista desmonta mitos y establece parámetros que permiten comprender de alguna manera la dinámica de la sociedad argentina, un escenario en el cual conviven una masa de pobres del 40% con un núcleo de privilegiados que habitan la cumbre de la pirámide, meritocracia al margen.

Gasparini clava la primera estaca al resaltar las diferencias entre los conceptos de pobreza e inequidad. A partir del esfuerzo y de condiciones previas heredadas el autor destaca que “es posible que parte de la desigualdad económica en una sociedad no sea injusta. Desigualdad e inequidad no son sinónimos: una situación puede ser desigual y equitativa a la vez”.

Sin embargo, el economista advierte que si bien “cierto grado de desigualdad es un combustible indispensable para el progreso” de una sociedad, el estancamiento de esa situación y su prolongación en el tiempo terminan por horadar las bases de cualquier sistema institucional.

Aquí es donde entra a jugar otro concepto, el de igualdad de oportunidades. Sostiene Gasparini entonces que si todas las personas tuviesen las mismas opciones de elección, “las desigualdades resultantes podrían ser consideradas aceptables y en consecuencia no serían motivo de preocupación social ni requerirían políticas redistributivas”.

Pero, es sabido, este escenario por ideal no se plasma en la realidad. Existen lo que el economista llama “circunstancias”, y que tienen que ver directamente con factores que alteran el ingreso de las personas y sobre los que ellas no han tenido posibilidad de control alguno, tal el caso del nivel de educación, alimentación, vivienda y demás.

Hay también en este libro un planteo moral. Se debaten los efectos del sistema tributario en la sociedad, su perniciosa inclinación a gravar el consumo por sobre la tenencia de bienes, y se pregunta finalmente si la comunidad está dispuesta a crecer más lento o demorar el progreso material “para que se haga justicia con un grupo de personas desfavorecidas”.

Exigen los tiempos modernos redefinir los conceptos de Capital y Trabajo, y evitar lo que Gasparini llama simplificación del análisis al plantear en el escenario de la desigualdad un choque entre ricos y pobres. Todo ha ido cambiando y, señala como ejemplo, hoy el 1% de la franja de mayores ingresos tienen al salario como principal fuente de sustento.

La desigualdad es un estado de situación que hace mella en la sociedad y, tarde o temprano, desacredita sus instituciones. Reducirla demanda políticas de corte estructural y, además, ciclos económicos positivos que le otorguen eficiencia a las medidas de política económica y social.

Por: Gustavo García / La Prensa