Por Cristian Acevedo
BŠrenhaus. 132 páginas

Lúdico, más formato que contenido, el último libro de Cristian Acevedo, titulado Matilde decide vivir, es algo así como una continuación o la variación inesperada de una de las obras más leídas a lo largo del año pasado: Matilde debe morir.

Aquí, una vez más, el autor se pone juguetón, invita de alguna manera al lector a tener una participación más activa, sin llegar a caer en el viejo esquema de arma tu propia historia. En esta ocasión la protagonista ha decidido rebelarse a su destino fatal. ¿Podrá lograrlo? Ese es el gran interrogante.

Pero no sólo ella parece cobrar voz propia en esta literatura experimental a la que le da rienda suelta Acevedo. Lo cierto es que Matilde, que está sola, sentada a la mesa de un bar del barrio de Palermo, sobre la calle Charcas, comienza a tomar sus propias decisiones. Y aquí es adonde también juegan su rol los otros personajes de este relato.

El Bigotudo, Valentín el mozo, el Insulso de la mesa 4 y hasta el mismo Bar, que también reflexiona, todos juegan este juego algo descabellado. ¿Por dónde discurre el hilo de la narración? ¿Hay un texto central? Los caminos, como los senderos de Borges, se bifurcan. La novela se construye también desde un activo pie de página donde un apuntador quiere develar quién es realmente Matilde.

Los interrogantes se suceden, las dudas se multiplican. No hay intención alguna por descifrar el misterio. Tal vez, todo lo contrario. Leer este libro es, de alguna manera, firmar una especie de pacto, acordar que uno está abierto a todas y cada una de las posibilidades en ciernes.

Hago mías las palabras que hace un par de años Sergio Limiroski escribió en La Prensa en su reseña sobre Matilde debe morir. Dijo de ella: “Una novela diferente, que nos saca del relato lineal para mostrarnos que en la literatura todo puede suceder”. Aplica por completo a esta versión donde lo lúdico es casi todo.

Por: Gustavo García / La Prensa