Por Miguel Angel de Marco
Emecé. 336 páginas

El doctor Miguel Angel de Marco agregó un nuevo nombre a su colección de biografías de próceres: el del almirante Guillermo Brown (1777-1857). Una incorporación justificada por la vida admirable del personaje y el mesurado relato del biógrafo.

Al igual que en los otros volúmenes, De Marco escribe conservando un cuidadoso equilibrio entre vida y contexto histórico. El método obedece a su formación como historiador, pero también a las limitaciones comprensibles a la hora de intentar una reconstrucción detallada de vidas del pasado más remoto.

Frente a esas lagunas, De Marco no ha cedido a la tentación de las recreaciones más o menos ficcionales. Tampoco podía permitirse las licencias de la novela histórica, que tantas veces ocupa ante el público general el lugar de la historia seria y documentada. Lo explica en el prólogo. “He abordado -señala- una biografía en la que, sin eludir la admiración que el personaje provoca, aparezcan sus flaquezas y los ineludibles desalientos, pese a las limitaciones que el historiador sufre cuando bucea en las profundas aguas del pasado donde no puede oír los ecos de diálogos ya perdidos ni logra adivinar las intenciones que no quedaron palmariamente registradas”.

El Brown de De Marco, reconstituido a partir de fuentes primarias y de las principales plumas que contaron su vida en el último siglo y medio, es por lo tanto un hombre fieramente asentado en las turbulencias de su tiempo. Un marino y comerciante irlandés al que la lucha por la independencia en el extremo sur de América desvió del curso previsible al que parecía encaminado y lo arrojó de lleno al fragor de la guerra.

Impresiona volver a transitar por los tres grandes momentos en la carrera naval de quien Giuseppe Garibaldi, uno de sus últimos adversarios, dijo que era “la primera celebridad marítima de la América meridional”.

El primero fue el de la formación de la escuadra inicial de las Provincias Unidas y sus combates en el Río de la Plata y las costas de la Banda Oriental. Una pauta habría de fijarse entonces que se repetiría en las posteriores campañas: el del marino que debe comenzar desde cero reclutando tripulaciones y comprando o decomisando buques para alistar a toda velocidad una Armada en condiciones de enfrentar a enemigos siempre superiores en número.

Eso mismo sucedió durante la guerra contra el Brasil, cuando Brown volvió a comandar la escuadra que se batió heroicamente contra una flota numerosa, bien tripulada y mejor abastecida que no pudo salir victoriosa de los enfrentamientos en los que se trenzaron.

El tercer momento, ya durante el tiempo de Juan Manuel de Rosas, giró una vez más en torno a la disputa por el dominio del Uruguay independiente y la resistencia a la amenaza que presentaban las escuadras inglesas y francesas sobre Buenos Aires y los ríos interiores de la Confederación.

En esta campaña a las órdenes de Rosas fue cuando Brown peleó contra Garibaldi, a quien perdonó la vida tras derrotarlo, pero con el que no fue contemplativo en las descripciones que dejó para la historia, luego matizadas hacia el final de su vida.

Valiente, osado, estricto, magnánimo con sus enemigos y riguroso con sus hombres, algo celoso de sus funciones y su fama, asediado por ciertas crisis mentales (una vez intentó suicidarse), castigado por tristes pérdidas familiares (vio morir a dos hijos, incluso a la primogénita), Brown vivió peripecias como marino y corsario que a pocos hombres les está dado conocer.

De Marco las relata en pasajes vibrantes que subrayan el arrojo del almirante, su casi inconsciente desafío del peligro y la enorme admiración que sus acciones despertaban por igual entre el pueblo de su patria adoptiva y los gobernantes y emisarios extranjeros. En este último rubro merecen señalarse las opiniones del ministro plenipotenciario de Estados Unidos, John Murray Forbes, quien no ahorraba adjetivos para elogiar a Brown en los despachos que enviaba a su gobierno desde la lejana Santa María de los Buenos Aires.

Todos los volúmenes en la colección de biografías escritas por De Marco merecen leerse con pareja atención, pero es probable que este que dedicó al imbatible Guillermo Brown esté entre los mejores de la serie.

Por: Jorge Martínez / La Prensa