Por Lee Child
Blatt & Ríos. 418 páginas

Qué caso extraño son los escritores europeos cuya obra policial es tan estadounidense como la comida chatarra (aunque de mejor calidad). Veamos dos ejemplos contemporáneos. El irlandés John Connolly añadió al universo imaginario al detective Charly Parker y se consagró como campeón del thriller metafísico. El otro notable es Lee Child. Nació en Coventry (Inglaterra) el 29 de octubre de 1954, como James Dover Grant. Ha tallado una vasta saga -francamente apasionante- que describe la vida militar, las mafias y la vida cotidiana de la gran nación americana con la precisión de un relojero suizo. Su héroe es el mayor Jack Reacher, una impresionante masa de músculos con el cerebro de Sherlock Holmes, a quien Amazon Prime le ha atribuido, acertadamente, el rostro del actor Alan Ritchson (1).

Que un sello argentino siga traduciendo la obra de Child es una estupenda noticia. Blatt & Ríos trajo ahora Escuela nocturna. Es uno de esos libros que magnetizan los dedos, que sobradamente cumplen la prueba de excelencia que propuso el rabí George Steiner: ser capaces de atrapar nuestra atención un día caluroso de verano en un vagón de ferrocarril de tercera clase.

Viajamos a 1997. Reacher, ésta es la novedad, aún está en el Ejército. Tiene treinta y cinco años cumplidos y acaba de recibir la Legión al Mérito por haberles volado la tapa de los sesos a dos asesinos en serie de Bosnia-Herzegovina. Su siguiente misión es, a priori, decepcionante. Deberá asistir a un curso forense en una instalación secreta de Virginia. Allí se encuentra con un sabueso del FBI y un analista de la CIA. Otros dos ases, tan desconcertados como nuestro chico. La escuela, naturalmente, es una tapadera.

El Consejo de Seguridad de la Casa Blanca recluta al trío para investigar una amenaza que pone los pelos de punta. Una organización terrorista de Medio Oriente está dispuesta a pagar cien millones de dólares a un ciudadano estadounidense ignoto a cambio de un material desconocido. Qué diablos puede valer tanto y ser fácilmente transportado. Qué clase de arma devastadora desea una naciente Al Qaeda.

La transacción se realizará en Hamburgo. Hacia esa ciudad hanseática viajará el mayor Reacher, secundado por la sargento Frances Neagle, otro perro de presa. Hay, aproximadamente, doscientos mil ciudadanos estadounidenses en la Alemania reunificada. La tarea es colosal y tiene los minutos contados.

La trama consiste, pues, en una formidable cacería humana. Reacher siempre apuesta fuerte; es un juego de posibilidades (remotas). No sólo deberá lidiar con sus jefes, los obstáculos diplomáticos, la policía local y lo azaroso; una mafia neonazi se inmiscuye en el asunto tras percibir el irresistible olor del dinero. La obra tiene otro agrado: redondea una denuncia de la locura de la extinta guerra fría.

Podríamos mencionar otras potencias de la novela. La traducción de Aldo Giacometti es correcta; la prosa de Child es absolutamente funcional a la acción trepidante; y aquí y allá aparecen esas metáforas ingeniosas que caracterizan a la novela negra. Una curiosidad: con los dólares del terrorismo islámico, el villano planea comprarse un “rancho” de doscientas cincuenta mil hectáreas en el centro de la Argentina (sí, nos ven como tradicional refugio de delincuentes), incluso el pillo compra pesos argentinos en Hamburgo para gastos menores. ¿Dijimos que estábamos a fines de los años noventa? Con Carlos Saúl Menem en la presidencia, aún teníamos una moneda nacional.

La conclusión inevitable de la novela es ésta: Lee Child es uno de esos escritores que despierta deseos de agotar su obra. Como Raymond Chandler y James Ellroy. Como Bolaño, Sciascia y Guimaraes Rosa. Como Borges, Chesterton y Pynchon. Como Eco, Nabokov y Steiner. ¿Quien más?

Por: Guillermo Belcore / La Prensa