Por Virginia Woolf
Ediciones Godot. 152 páginas

Concretar un libro imaginado por otro escritor, fallecido varios decenios atrás, es una alta forma de homenaje, siempre que no haya voluntad de apropiación o de plagio. Ese método respetuoso es el que siguió Matías Battistón en Las excéntricas, volumen que recopila textos dispares de Virginia Woolf (1882-1941) a los que reunió bajo el común denominador del título.

En una anotación al pasar en su diario en 1915, Woolf había deslizado su intención de escribir un libro dedicado a “excéntricas”. Partiendo de esa idea, Battistón rastreó los ensayos, artículos y reseñas de la escritora (lo más copioso de su producción), además de sus diarios y cartas. Escogió los que se ajustaran más a la intención original: el retrato elocuente de mujeres británicas llamativas por su extrañeza. También se encargó de la traducción y de las notas abundantes y precisas que cierran el trabajo.

Entre las mujeres elegidas figuras nombres de cierta fama, como la impresionante Lady Hester Stanhope (“la última de las grandes aristócratas inglesas”), Jane Welsh, esposa estricta de Thomas Carlyle, o Edith Sitwell, poeta y solterona. Otras llegan desde la noche de los tiempos, exhumadas por Woolf (y ahora por Battistón), de entre viejas biografías, epistolarios o diarios personales. 

Es un elenco variado: una amiga íntima de Shelley, la hija mayor de Thackeray, una tía de Gibbon, una discípula de Swift. Aparece una duquesa tímida, aficionada a la filosofía y escritora frenética. Hay una entomóloga hechizada por los escarabajos desde su más tierna infancia. Y la novelista Geraldine Jewsbury (1812-1880), protofeminista por conveniencia, que escribió lo siguiente: “Después de nosotras vendrán otras mujeres, que estarán más cerca de alcanzar toda la altura de la naturaleza femenina. Creo no ser más que un tenue atisbo, el rudimento de la idea de ciertas cualidades y posibilidades más excelsas que yacen en el interior de las mujeres, y todas mis excentricidades y equivocaciones y miserias y ridiculeces son solo las consecuencias de una formación imperfecta, de un progreso inmaduro”.

Más allá del curioso origen del libro, sus páginas, desiguales, se justifican por el renovado encuentro en español con la prosa irónica, de suave irreverencia, con la que Woolf, excéntrica por derecho propio, observa, analiza, juzga y perdona a sus hermanas de especie.

Por: Jorge Martínez / La Prensa